Masuleh, Irán #13

El tachero que nos llevó a Masuleh estaba chiflado. Iba con la música a todo lo que daba, gritándole a desconocidos en la calle. Era un pibe joven, un poco más joven que nosotros.

Recién entró como un grillo negro al hostel y le dije a un tipo que era mi perro.

Decía, el flaco iba a pleno con la música, gritándole a desconocidos en la calle. Estaba descontrolado, como pasado de merca, muy arriba. Nosotros le seguíamos la corriente y también gritábamos cosas por la ventanilla, aunque lo único que sabíamos es HALLE TUN (“¿cómo estás?”), así que gritábamos eso nomás.

Coleaba en las esquinas, si no encontraba a un extraño para gritarle por la ventanilla nos gritaba a nosotros. Cantaba las canciones que sonaban a más no poder, y Duby intentaba imitarlo y también cantaba en Iraní, haciendo que se ponga más contento.

Yo iba atrás, al principio del viaje también divertido, sacando fotos, cantando, y después contemplando las montañas. Tuve uno de los primeros flasheos verdaderos y ruteros del viaje. Las montañas camino a Masuleh son impresionantes, los olores, la gente que hace picnics a los costados de la ruta. Nuestro rodado chirriando en cada esquina del asfalto, en manos de un chiflado que parecía manejar bien estas situaciones. De reojo logramos ver la foto de su teléfono celular. Estaba con su mujer y la hija. La mujer, aún en la foto de su celular, estaba tapada. Nos preguntamos si llevar a la mujer en esa fotito destapada sería ilegal, o si su cultura está tan acostumbrada a mujeres tapadas que talvez un amigo suyo ve a su mujer sin trapo en la cabeza y cree que es una puta.

Yo miraba las montañas, respiraba ese viento fresco que entra por las ventanillas y te recuerda constantemente en dónde estás y qué hacés ahí; te hace pensar en tus cosas desde la distancia, con mucha claridad, y sin miedos, como tiene que ser. Disfruté mucho el viaje.

Este taxista fue el único iraní que nos dijo que le gustaban tanto Ahmadinejad como el Ayatollah Jomeini. Y era cristiano. Quién los entiende. No sabemos si lo dijo porque un cristiano no puede decir que no le gusta Ahmadinejad (no creo que sea por eso) o si simplemente le gustaba y punto.

Llegamos a Masuleh, un pueblito diminuto en las montañas, en donde según la Lonely era moneda corriente alojarse en casas de familias extremadamente hospitalarias. Por supuesto, llegábamos preparados a que nos atosiguen ofreciéndonos casas, mostrándonos folletos con fotos de la casa de cada uno, con los amenities que brindaban, con las distancias de sus casas a las principales “atracciones” del pueblo. Algo así como cuando llegamos con Primo a Jericoacoara, o cuando uno llega a Essouira. Fue exactamente lo contrario. Nos bajamos del taxi y estábamos más solos que Benicio del Toro en la marcha del orgullo gay: nadie nos vino a recibir. El pueblo se veía bastante avanzado en turismo. Un hotel a nuestra derecha, y una pendiente pronunciada conduciendo a pequeñas casitas. Solos no estábamos, había personas en las calles, locales y turistas, pero nadie vino a ofrecernos nada. Dimos un par de vueltas, esperando que caiga ese ejército de vendedores de casas, pero nada. Empezamos a preguntar. Nos señalaban el hotel, o nos indicaban otro hotel más arriba. Preguntábamos por casas de familia y nadie sabía nada.

Masuleh consiste en un pueblo de montaña, donde las veredas están construidas sobre los techos de las casas de abajo. Es impresionantemente hermoso, con una vista de montaña, y una tranquilidad sobrecogedoras. Caminamos por la corniza del atardecer, y nadie parecía conocer a una familia que quiera hospedarnos. Yo empezaba a sentir que por más que la encontremos, sería una falacia como los Beduinos en Tapuz. Se lo dije a Duby y me dijo que aunque sea una falacia, prefería dormir ahí, y por lo menos charlar con los tipos, por más que sea una familia más que acostumbrada a recibir turistas. No estaba mal el plan. Preguntamos en algún otro lugar, y nos señalaron un hotel. Preguntamos en el hotel y nos dijeron que tenían casa de familia por 20 dólares la noche. Pedimos verla, y nos mostraron una casa vacía, con cocina y todo lo que conforma a una casa, pero sin la familia. Creo que querían que la “familia” de la “casa de familia” seamos nosotros. Decidimos seguir buscando, aunque parecía cada vez más difícil.

Finalmente un flaco que nos vio más desorbitados que el cometa Halley, pegó un par de gritos, llamó a otro tipo, quien nos acompañó hasta otra “casa de familia”. Resultó igual que la anterior, sin “familia”, pero una casa más copada. Le ofrecimos 15, nos dijo que no, insistimos, y terminó diciendo que sí sin negociar. Muy contentos con nuestra casita en las montañas, aunque tristes por la corta estadía, entramos a ubicar nuestras cosas. Yo salí de la casita y me senté en la puerta a merendar mirando las montañas. No se podía creer. En serio era para quedarse un mes ahí, en esa tranquilidad, haciendo guiones de cine ganadores de Oscars. Duby mientras tanto se fue a charlar con una señora que estaba a 10 metros de la entrada de nuestra casa vendiendo chucherías. Sartenes hechas de lana, cosas tipo Clandestine. La viejita era nuestra vecina, y todos los días salía de su casa, se sentaba en la puerta con sus cosas, y… eso, nada más. No era un área turistica, nadie pasaba por ahí. Sus únicos clientes éramos nosotros. Rara situación. La situación era un poco como que la vieja igual iba a estar ahí sentada, y para estar ahí sentada no le costaba nada tener cosas que vender.

Duby le compró como una sartén con un huevo frito adentro toda tejida. Supuestamente hecha en Fumán, un pueblo ahí cerca, donde queríamos sacarnos una foto fumando algo que parezca porro para salir en la THC, si a Ale Max le pinta escribir un artículo del faso en Irán. La onda en estos viajes es detectar las cosas hechas en China (el 99% de las cosas) de las locales, y comprar obviamente las locales. Es muy difícil porque el 99% de las cosas de los Souqs árabes también son de China. Es impresionante.

Al rato llegó un hombre muy flaco cargando con mucho esfuerzo una garrafa de gas. Lo vimos pasar, y entrar en nuestra casa. Tuvimos agua caliente aquella noche gracias al esfuerzo de tan noble hombre. Digo, de nuestro esclavo.

Bajamos a pasear por el pueblo. A pararnos en los techos de las casas, mirar hacia arriba y mirar una casita más linda que la otra; cada techo de cada casa sirviendo de vereda para los peatones y de piso para otras casas. Parecía el Cinqueterre, pero con casitas menos coloridas. Un espectáculo. Volvimos al punto de llegada, y encontré unas rocas para remontar un arroyo. Nos empezamos a mandar arroyo arriba, saltando de roca en roca, metiendo las patas en el agua cuando no había rocas por las cuales saltar, apuntando hacia el pueblito. Me acordé mucho de mi viejo, casi que en cada salto de roca en roca. Así veníamos, como dos deportistas, dos aventureros, dos escaladores campeones de la vida, sintiendo que nadie nunca había remontado el río tan bien como nosotros (mientras nos preguntábamos cómo carajo ibamos a hacer para volver por donde vinimos si el arroyo no tenía salida hacia el pueblo más arriba) cuando nos encontramos con una familia de muchas mujeres y varios nenes de entre 7 y 10 años. La situación la sentí un poco como si Armstrong hubiese llegado a la luna y se encontraba ahí con Marley y Susana Gimenez. Y yo que pensaba que esto de la NASA era re grossssso.

Estuvimos ahí sentados en una roca desde donde se veía todo el arroyo deslizándose hacia abajo, charlando de esto, aquello y también de eso. Viendo a los chicos jugar, abriendo paréntesis en la conversación que nunca cerrábamos.

Subimos las escaleritas y entramos al pueblo nuevamente. Pasamos por una especie de panadería que lo único que hacía era un pan gigante, de unos 60 centímetros por 40 centímetros. Eran muy baratos. Nos pedimos dos, pero como no tenían cambio, nos terminaron dando 3. La misión era regalar uno de estos panes gigantes. Unas chicas, sentadas en la vereda, nos preguntaron cuánto costaba. Intentamos regalarles uno, pero nos resultó imposible que acepten. Un flaco, sentado en la misma vereda, nos preguntó de dónde éramos. Nos felicitó por ser de Argentina Maradona. Nos estábamos yendo sin haber logrado encajarle ese pan a nadie, cuando nuestro amigo, el sentado en la vereda, nos llama y pregunta si se puede sacar una foto con nosotros. Obvio papá. Le encajamos el pan para que cada uno tenga un pan en la foto y después no le aceptamos la devolución. Lo habíamos logrado.

Yo cené unas brochettes de pollo con tomate y pan árabe. El pollo tenía pedazos de hueso adentro escondidos lo cual hizo bastante dificultosa la tarea (de comer). Duby se compró una bolsa para el mercado de frutas orgánicas, y nos fuimos a dormir.

Lo primero que vimos al llegar a nuestra casa, desde afuera, fue que las ventanas estaban abiertas. Nos asustamos un poco. Más allá de las cosas que teníamos adentro, nos daba miedo entrar y que haya alguien. Sigilosamente nos mandamos por aquel largo y oscuro pasillo, subimos las escaleras que daban al ático sin hacer ruidos, y nos dimos cuenta (como aquellos piqueteros que cavaron por error hasta adentro de una comisaría) que las ventanas abiertas no eran de nuestra casa.

La casa era muy grande. Tenía dos cuartos, ninguno de los dos con camas. La onda era dormir en las alfombras del piso. Tiramos muchas alfombras, algunas colchas, y unas sábanas encima, y más o menos logramos acolchar el piso. Me desperté bastantes veces con dolores en esos huesos que están a los costados de la cintura, por apoyarme ahí. La flasheábamos con que alguien iba a entrar a esa casa tenebrosa, más silenciosa que Carboni por la noche. Finalmente creo que nadie entró.

A la mañana juntamos las cosas, nos dimos una ducha calentita gracias a nuestro esclavo, y salimos a la calle. Nuestra viejita vecina estaba ahí, como siempre. Duby le preguntó si quería algo de nuestra bolsa de comidas (de todos los viajes en micro en Siria e Irán veníamos acumulando galletitas, jugos, etc) y la puta vieja tuvo que elegirse justo un jugo de los 2 que nos quedaban.

Bajamos al punto de partida de los micros. Era viernes previo a un fin de semana largo, con lo cual irse de Masuleh no era la actividad más común del mundo. Preguntamos bastante, indagamos, repreguntamos, interrogamos, hasta que vimos llegar un bondi que iba a Fumán. Nos subimos. El bondi pisteaba por la ruta, y en cuestión de media hora nos dejaba en Fumán. Empezamos a preguntar por otro bondi a Rasht, a caminar cuadras y cuadras, discutiendo con tacheros que querían cobrarnos demasiado. No encontrábamos ningún bondi y seguíamos caminando. Se iba haciendo tarde y todavía teníamos que hacer Teherán.

Encontramos un tachero que insistió mucho en que nos subamos. Intentamos cerrar tarifa pero era IMPOSIBLE comunicarse. El tipo era retrasado mental. Le mostrábamos billetes intentando pagarle de antemano, y nada, le escribíamos en un papel el número, y nada. No sabíamos si se hacía el pelotudo para recontra garcarnos al llegar, o si era pelotudo nomás. Al final los pelotudos fuimos nosotros y nos subimos. Todo el viaje puteando, que deberíamos haber cerrado, etc. Pero posta era imposible hacerse entender con este tipo. En algún momento escribió en la mano de Duby un número en árabe que era 17, pero no podían ser ni dólares ni moneda local. Estábamos perdidos.

Manejó a los pedos, y nos preguntó si íbamos a Teherán. Le dijimos que sí. El tipo interceptó a un colectivo que iba a Teherán, frenó el taxi adelante, nos pidió la plata, le dimos 10 dólares (menos de lo que nos habían pedido los otros tacheros) y nos agradeció como si le hubiésemos dado plata de más. Era retrasado posta, pero gracias. Nos subimos al bondi, y todo impecable. Buen día venía siendo.

El micro iba vacío, así que pudimos acostarnos más que cómodos en 4 asientos cada uno. Cada tanto venían los que controlaban los boletos. Yo pensaba que nos iban a putear pero al contrario, nos pedían perdón por tener que molestarnos para pasar. Solamente me pidieron que me saque las ojotas para apoyar los pies en el asiento. El micro era como una cooperativa, no pertenecía a ninguna empresa, sino que los flacos mismos lo manejaban. Salvo por un desperfecto en el motor que hizo que paremos por media hora, momento en el cual el “mecánico” del micro se bajó con nada más que un cuchillo entre los dientes para solucionarlo (a lo Chuck Norris), el viaje transcurrió sin inconvenientes (qué acotación más larga).

Seguirá en Teherán.

Similar Posts

One Comment

Leave a Reply to Nano Cancel reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *